7. Confesión

-¡Retsu! ¡Ve por ayuda al Santuario! Rápido- Grito fuerte Noesis, el Santuario los había enviado a investigar una extraña criatura que surgió producto de las fuerzas de Cronos, evidentemente era más fuerte y peligrosa.

Los esfuerzos de Retsu eran en vano a pesar de que estaba al límite, su fuerza igualaba por momentos a la de Noesis pero no era suficiente. No quería dejar a su mentor porque si lo hacia se sentiría un cobarde. Pero por otro lado no quería morir aún y menos que su maestro lo hiciera. Así que salió raudo en busca de ayuda al Santuario.

Fueron un viaje de poco más de una hora, hasta que llego directamente a la Sala del  Patriarca.

-¡Señor, necesitamos ayuda!-¡Mi maestro está en peligro!

El Patriarca poco hizo por prestarle atención. Retsu de un salto se plantó frente al regente.

-¡Por favor!- Pidió con lágrimas en los ojos, le prometo que me hare más fuerte, le prometo que se lo pagaré pero salve a mi maestro. Gritó el desconsolado Retsu.

-La ayuda te llegará. Ve y a la cueva y aguarda nuestra ayuda-

La respuesta del patriarca no satisfizo a Retsu quien envuelto en la capa de la frustración salió corriendo de la sala en dirección a donde su maestro estaba.

La distancia se le hacía eterna, corría entre caminos escarpados y peligrosos. Corría lo más rápido que podía mientras energizaba su cuerpo con el cosmos de su corazón para correr un poco más aprisa.

Cuando llego a la caverna un  resplandor dorado le detuvo.

-¿Eres Retsu?-

-¡Sí!- Contesto Retsu con prisas, su maestro podría morir en cualquier momento. Giró su cabeza y reconoció la presencia del santo.

-Eres un santo de oro verdad-

-Soy…Leo- Aioria no quiso dar su nombre. Sentía prisa por terminar con la misión. Ambos se internaron en la cueva y mientras se adentraban, Aioria le preguntó a Retsu  que clase de bestia era la que estaban enfrentando. No bien apenas Retsu comenzó a describirla cuando de entre la sombras vieron al temible monstruo de piel escamosa y cabeza que en lugar de cabello capilar tenia terribles serpientes. Era una Gorgona, la llamada Euriale. Era mucho para ellos. Aioria se disponía a atacarla cuando fue detenido por Retsu.

-Puedo hacerlo solo….- Respondió decidido. Miró fijamente el rostro del santo de leo…se sentía avergonzado, tenía la misma edad que el.

-Hare vibrar mis cosmos…lo hare hasta salvar a mi maestro….-

Rápido se apresuro para ver si hallaba a su maestro y lo vio aun con vida, en posición de ataque, pero con gran parte del cuerpo petrificado.

 -¡Maestro!-

-Retsu…cuidado-

La bestia aun aturdida, ataco ferozmente a Retsu, pero este generó una especie de barrera defensiva con la que repelió el ataque de la bestia. No obstante su defensa, no fue suficiente para detener los efectos de la magia del monstruo mitológico. Las piernas de Retsu se habían convertido en piedra.

-Maestro…-

Ambos se miraron y comprendieron que tenían que concentrar en uno solo ataque sus mejores técnicas, si es que querían derrotar a la bestia. Y así lo hicieron. Un gran resplandor ilumino la fría y oscura cueva que se hallaba en las faldas de una montaña. La bestia fue derrotada.

-Maestro…-

-Retsu…voy a morir-

-No usted no morirá, un santo de oro vino ayudarnos.- Retsu  emergió se la cueva con Noesis a cuestas…pero ya  no vio a Aioria de Leo….se había ido. Los ojos de Retsu se llenaron de lágrimas, se sentía abandonado, se sentía inútil. Colocó cuidadosamente a su convaleciente maestro y gritó con todas sus fuerzas, sentía que vibraba toda su sangre de rabia e impotencia.

-Retsu…debo confesarte algo…- Dijo Noesis trabajosamente.

-Maestro no hable, yo le sanaré sus heridas…

-La armadura que traes puesta….

-Retsu no hizo caso y comenzó a concentrar su cosmos en un solo punto para pasarla por las heridas de su maestro.

-Quien te venció en tu primer encuentro por la armadura.

-Por favor guarde fuerzas maestro-

-Yo…-

-Yo….-

-¡Yo lo mate!-

Fue un balde de agua fría para Retsu. No creía lo que su maestro le había dicho, pero era cierto. Para Noesis, Retsu era hijo y para Retsu, Noesis era su padre. Era tal el deseo que tenía Noesis porque su “hijo” mereciera la armadura que fue furtivamente hacia donde vivía el ahora occiso. Sabía que si le quitaba la vida, se arrepentiría para siempre. Pero deseaba que Retsu fuera un santo de bronce, lo deseaba más que nada. No le fue difícil entrar por la ventana. Era evidente que el santo de lince estaba exhausto por el entrenamiento del día anterior y fue por ello que no advirtió la presencia de Noesis. Este miró su rostro. Debía tener poco más de treinta años. Había estado en el Santuario toda su vida y había peleado por obtener la armadura pero nunca lo había logrado hasta el momento que venció a Retsu. Y le quitó la vida.

-Maestro… ¡Maestro!- Noesis había expirado. Su espíritu dejó el mundo de los vivos para aventurarse al castigo de los dioses. Había derramado sangre inocente pero a cambio hizo que uno de sus estudiantes lograra obtener la armadura de bronce y para el eso fue haber vivido el paraíso en la tierra. Retsu estaba inconsolable.

Pasó  una semana y Retsu no regresó al Santuario. Sentía mucha rabia por la actitud de aquel a quien el Patriarca había enviado para ayudarlo. Se sentía un completo inútil, su autoestima estaba destruida. Se encontraba en las costas cercanas al Santuario, no muy lejos del cabo Sunión. Estaba tan sumido en sus penas y dolores que no se dio cuenta de la presencia del más importante en el Santuario.

-Aquí estas

-¡Patriarca!-

-Si no vas a regresar al Santuario, serás considerado un traidor y los traidores merecen la pena de muerte. Encima de eso, esa armadura no es propiedad tuya, es propiedad del santuario- Esas fueron las palabras ásperas del Patriarca.

Retsu se levanto rápidamente y tiró groseramente la caja de pandora a los pies del patriarca.

-¡Llévesela! ¡Llévesela!- Grito altaneramente Retsu.

-Si me va a matar… ¡Máteme!…yo…yo…al final no pude alcanzar la voluntad lo  suficiente como para salvarle la vida a mi maestro. De la  mano del patriarca salió un resplandor dorado que golpeo mortalmente a Retsu poniéndolo al borde de la muerte.

Era frio el lugar, miro centenas de personas caminando en fila directo a un abismo. Sentía su cuerpo flotar, miro sus manos y se dio cuenta de que eran traslucidas porque pudo mirar a través de ellas el suelo lleno de espinas y piedras afiladas.

 -¿En verdad moriré?

Sentía su alma atraída hacia la muchedumbre, flotó por encima de todos y alcanzó a ver a lo lejos a alguien que parecía ser Noesis.

-¡Maestro!-

-¿Me dejare vencer por la frustración y la mediocridad?- A su mente vinieron las imágenes del rudo entrenamiento que tuvo con su maestro, de aquel santo de oro que a su parecer le negó la ayuda. Le apareció la imagen de la estatua de Atenea. De pronto…un aroma…ese mismo perfume que había percibido con anterioridad….aquel que lo hizo vibrar. Giro su cabeza y buscando el origen de ese aroma, venia de arriba. La vio, la misma mujer de aquella noche. Estaba hermosa, no portaba la máscara obligatoria, estaba justo al lado del patriarca.

-No moriré.

-¡No moriré!- De súbito su alma salió disparaba hacia el cielo en dirección hacia donde está el Patriarca y esa amazona misteriosa. Fue tal la acción que el cuerpo moribundo de Retsu, se iluminó con un cosmos sumamente poderoso. Tan fuerte como el de los santos dorados. Pero esto no sorprendió al Patriarca.   El sonido de un Lince herido bramo por todo el lugar. La caja de pandora se abrió de repente para salir y vestir el cuerpo inerte de Retsu, pareciera que la armadura había estado hecha para él. Retsu abrió los ojos. La luz del sol lo cegó, fue un gran alivio para él, había estado al borde de la muerte y pudo vivir, eso lo hizo sentir muy especial.

-Tienes un gran potencial- Dijo el Patriarca escuetamente, en el fondo si estaba realmente asombrado aunque fingía no estarlo.

-¡La chica!- Grito Retsu buscándola pero no la vio. Probablemente fue su imaginación. Muchas veces cuando alguien está al borde de la muerte, por la cabeza del moribundo pasa lo que es más importante para él en su vida. Muy probablemente eso le sucedió a Retsu aunque todo puede ser posible. Regresando totalmente en sí, Retsu vio en el Patriarca una oportunidad para ser entrenado. Lleno de humildad se dirigió al Patriarca y le reverencio arrodillándose sobre una rodilla y le dijo.

-Mi señor, le ruego  perdone mi altanería-El Patriarca extrañado de lo que había sucedido vio en Retsu un sirviente potencialmente poderoso. Asi que dándose media vuelta le respondió:-Sígueme

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